lunes, 10 de noviembre de 2008

Testimonio de María Belén Molina Pérez, polola del joven asesinado.

ATENCIÓN: esto es ficción, yo lo invente según los parametros entregados en diversos medios y testimonios del caso de Diego Schmidt-Hebbel.
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Despierto como a las ocho de la mañana, es martes cuatro de noviembre. Me levanto y me veo al espejo: tengo una cara horrible. Lo que pasa es que ayer me había quedado hasta tarde estudiando anatomía porque tenía una prueba horrible este día. Bueno, pero lo que me subió el animo era que mi pololo, el Diego, me iba a buscar eso de las nueve. Así que voy al baño y prendó la ducha.

Salgo y pesco una toalla. En eso suena mi teléfono, obvio que era el Diego:

Mi amor, estoy llegando. Apúrate en salir, ya que vamos a llegar tarde a la U.

Cuelgo y sonrió: puta que me gusta el Diego. Es que él siempre me cuida, como si yo fuera una niña. Y bueno, yo le sigo el juego. Me hago la tierna y todo. Soy su princesa.

Me despabilo y me apuro, debe estar a punto de llegar. Me pongo unos jeans azules y un peto blanco, como los que le gustan a él. En eso, escucho el timbre. Saco mi cartera junto con todos mis cuadernos y salgo. Y ahí estaba Diego, con una camisa. Me saluda de beso. Me da la mano. Mientras bajábamos los peldaños me dice que me veo preciosa, yo le sonrió no más.

De repente, sale un hombre con un aspecto extraño. Era calvo, vestía una chaqueta a lo milico y unos bototos. Llegó y empujó a mi pololo. Yo me quede como quieta, paralizada, no entendía nada. Él sujeto quería entrar a la casa, pero Diego no le dejaba. Entre empujones y forcejeo, mi pololo me hizo entrar nuevamente a la casa. Yo entré y cerré la puerta: estaba demasiado asustada. Detrás de la puerta, no se lo que ocurre. Escucho al Diego insultando al tipo, le decía que no se atreva a entrar. En eso, escucho dos disparos. Mi piel se puso blanca y un frío estremecedor recorre mi cuerpo. Salí de la casa rápidamente y lo vi a él, tirado en el suelo, alrededor de un charco rojizo cálido. ¡Era sangre! ¡Y venía de él! Me agache para abrazarlo y le pedí que no me dejara sola, porfavor, que todo iba a salir bien. Unas cuantas lágrimas se asomaron en mis mejillas, mientras escuchaba las sirenas acercarse al lugar.

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