La vida de un deportista nato
Erick Tapia tenía 17 años cuando en un entrenamiento de arte marcial, le dio un ataque cardiaco y se despidió de la vida alrededor de sus compañeros. Él estaba enfermo del corazón desde los doce años, pero no se dejó vencer por la muerte y luchó hasta el final.
Los compañeros del colegio, los amigos, los compañeros de Taekwondo y los muchos que, por una vez, se cruzaron con Erick recuerdan su imagen. Han pasado dos años y medio y lo extrañan mucho. Sólo es mirar su grupo de facebook que le hicieron sus amigos, en el que mucha gente que lo conocía todavía le sigue escribiendo. Pero la persona que más lo recuerda y lo añora es su madre, Mirna Riffo. “En su pieza, está todo ordenado con su pc, la televisión y su equipo de música. Todos los días, le prendo la radio ya que él siempre la mantenía encendida.”, comenta Mirna.
Su inquieta infancia.

Erick Tapia nació un 28 de agosto. Su padre es Amador Tapia y su madre Mirna Riffo. Tiene dos hermanas, la mayor, Susana, y la menor, Gabriela. Erick, desde que era niño, no podía parar de moverse. Se encaramaba en los árboles, en las murallas, prácticamente en todos los lugares en que podía hacerlo. La mamá, como es deportista, hacía que Erick canalizara sus energías en el fútbol y desde ese día no paró de practicar ese deporte. Pero nació con un problema que lo limitaba, eran tres complicaciones al corazón. Los doctores le dijeron a Mirna que debían operarlo y que, en el caso contrario, podía fallecer. Ella lo rechazó totalmente, porque tenía escasos meses de vida y una operación así podía afectarlo. A los pocos días, Erick se recuperó rápidamente y siguió con el curso normal de la vida.
Era un niño agradecido por la vida, sonreía cada vez que podía y hacía maldades como cualquier otro. Cuando creció, influido por la madre, empezó a gustarle más el deporte y se metió a todos los posibles: voleibol, básquetbol, tenis, handball y salto largo, además del fútbol.
En el colegio, felicitaban a la madre y le decían que tenía sangre de deportista.
Esto fue así hasta los doce años de Erick, cuando un sábado Mirna fue a ver un partido de fútbol en el que jugaba su hijo. Él corría de un lado a otro sin detenerse, pero, de repente, lo vio tirado en el pasto, afirmándose el pecho. Lo llevó al doctor para hacerle un chequeo. El médico fue claro y concreto: Erick tenía una enfermedad al corazón llamada mio cardiopatía hipertrófica, o sea, tenía este órgano más grande de lo común. A Erick se le vino el mundo encima desde ese día y su carácter cambió.
La gran enfermedad durante su adolescencia.
Erick Tapia cursó enseñanza media en el colegio Alcántara Cordillera, situado en la comuna de La Florida, en la ciudad de Santiago. Desde que supo su enfermedad, su carácter se fue haciendo más grave y se enojaba fácilmente. Pero siguió su vida normal como cualquier adolescente. Tuvo muchos amigos durante toda esta etapa y él los quería mucho. “ Él era muy polvorita, muy enojón. Pero cuando unos de sus amigos se agarraba a combos, Erick estaba ahí, también en la pelea. En ese ámbito era muy apañador y nadie podía meterse con sus amigos.” Cuenta Raúl Morales, un amigo de Erick. “Además, en una ocasión, me defendió cuando veía que me estaban asaltando. No paraba hasta que alcanzaba al asaltante y le quitaba las cosas que me había robado”, agrega Raúl.
En el colegio, siempre destacó por su buen rendimiento. Era elegido como el
mejor alumno de su curso. Esto fue hasta segundo medio, porque en tercero y cuarto medio bajaron bastante las notas. Se puso bastante flojo, pero cuando quería un siete era fácil para él sacárselo.Luego se metió al arte marcial coreano, el Taekwondo. Siempre había querido practicarlo, pero a la madre nunca le gustó porque lo encontraba violento y no le hacía bien para la salud de Erick. Pero le dio tantas vueltas al tema que ella terminó cediendo con la condición que no lo hiciera competitivo. A pesar de ello, como era tan porfiado, igual participó en varios torneos y ganó muchas medallas.
El día de su despedida
La semana anterior, Erick fue al doctor a chequearse como siempre. Después que le hicieron la radiografía, la primera en ver el resultado fue la madre. Se quiso morir cuando lo vio, el corazón de su hijo había crecido demasiado. Cuando Erick lo vio se sorprendió y le consultó al doctor qué podía hacer. Él le dijo que lo único que se podía hacer era operar y poner un desfibrilador, que es un sistema que hace que cada vez que la persona tenía un ataque al corazón le mandaba un choque eléctrico. Entonces, tuvo se resignarse y terminó aceptándolo. Entraba a pabellón unos pocos días pero alcanzaba a ir su última clase de Taekwando, debido que, después de la operación, no podía hacer deportes durante dos meses.
Era sábado en la mañana y había ido un partido de fútbol. Llegó cansado a la casa y se acostó en el sillón del living. La madre le preguntó si iba a Taekwondo, pero él le dijo que estaba agotado. Entonces Mirna lo obligó a ir, porque era su última clase y tenía que despedirse de sus compañeros. Luego llegó al entrenamiento y estuvo un poco enojado porque las patadas no le resultaron bien. Quedaban cinco minutos para que se terminara la clase y a Erick le dio un fuerte dolor en el pecho. Se recostó en el piso jadeando y los demás se preocuparon y fueron rápidamente a ayudarlo. Los ojos de Erick poco a poco iban perdiendo su color, mientras sus amigos trataban de reanimarlo. Pero todo fue en vano, falleció a los pocos segundos.
Todos quedaron atónitos con la noticia. Erick era un tipo feliz, amaba a sus amigos y a su familia. A pesar de tener esa enfermedad, nunca lo vieron rendirse. Le hicieron miles de homenajes y hasta el día de hoy van a visitarlos sus amigos al cementerio. Todos tienen en su memoria la imagen que él fue y su espíritu tan lleno de vida. Luchó hasta el final e hizo lo que más le motivaba: el deporte.


